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Cuando se pierde la esperanza 

Llegó arqueado de dolor, las señoras que estaban allí, le ofrecieron una silla para que se sentara. “Hay un muchacho que quiere hablar con usted”, me dijeron. Me senté al lado suyo. Me dijo...

Llegó arqueado de dolor, las señoras que estaban allí, le ofrecieron una silla para que se sentara. “Hay un muchacho que quiere hablar con usted”, me dijeron. Me senté al lado suyo. Me dijo mirá: y se abrió la ropa y me mostró una faja en el abdomen, “18 puntos me hicieron. Una puñalada. Acá en la esquina de la capilla”. No importa su nombre. Llamémoslo Fabricio. Me conmovió lo que me dijo después. “Hay bronca conmigo en el barrio, pero yo quiero salir de esto, quiero que me metas a Dios acá, en la cabeza”. Conversamos más, me contó que el agresor era un pibe de 15 años. Fabricio apenas tenía 18. Así son las cosas en algunos barrios vulnerables de la Argentina.

Esta historia me volvió a visitar ahora que la cuestión de la baja de la imputabilidad penal vuelve a remover las aguas. Los debates se encrespan, porque hay pasiones de por medio, miedo, enojo, desesperanza…

El caso de Fabricio y de su atacante es una muestra de lo que pasa cuando como sociedad nos retiramos temprano de la vida de los más vulnerables y los dejamos a la intemperie. Una sociedad se mide por cómo trata a los más débiles decía un pensador del siglo XX. Y en nuestro País, la sociedad y el Estado se retiran temprano y luego llegan tarde con policía y cárcel.

¿Qué resuelve la baja de la imputabilidad? Da una sensación de mayor seguridad a la gente que teme ser robada o asesinada. Se coloca en la cárcel a los criminales, tengan la edad que tengan. Muy bien, ¿y qué más? ¿hay algún proyecto de reinserción? No parece que haya tal cosa en el sistema carcelario, al menos no es la regla general.

Y ¿cómo hacemos para que los menores no comiencen a delinquir? Hacen falta dispositivos que ayuden a crear comunidades de vida para enfrentar tanta muerte que la droga y la delincuencia ofrecen. Hacen falta clubes en el barrio para que los chicos tengan donde pasar un rato sanamente, clubes en los que se compita con alegría y no se reproduzca el exitismo de la sociedad adulta. Se necesitan escuelas donde se pueda aprender y enseñar en paz, que no estén los docentes (mal pagados) temiendo ser agredidos, ni en las que la droga entre y salga como si nada. La escuela debería ser algo diferente; lamentablemente en muchos casos no lo es. Hacen falta centros culturales -en algunos lugares los estados municipales los promueven- en donde se aprendan cosas que hacen crecer el alma. Las iglesias deben ser espacios de fraternidad y hogares de encuentro con Dios. ¿Algo de eso se está promoviendo como sociedad? Da la impresión de que la única preocupación es sacar de circulación a quienes un grupo social (fogoneados por algunos medios y sus intereses) sindica como los victimarios. En el fondo, ese es el discurso de la desesperanza. “Ya no hay nada que hacer con estos pibes, hay que meterles cárcel o bala.”

Cuando perdemos la esperanza como sociedad el discurso es que no hay nada que hacer. Y sobre todo no hay nada que hacer con los débiles, los que necesitan tiempo, cuidado y recursos para ayudarlos a sanar y a ponerse de pie.

Bajemos la edad de imputabilidad, metámoslos en la cárcel y listo. El problema es que después habrá que volver a bajar la edad porque las condiciones de vida van a seguir siendo muy desventajosas y más chicos entrarán en la delincuencia. Entonces bajémosla más hasta llegar a decir “mejor que no nazcan, total van a ser delincuentes”. Ese razonamiento, lamentablemente ya se escucha. Abortemos a los pobres, así “los argentinos de bien” podemos vivir tranquilos…

No parece ser ese el camino. Cuando los hemos abandonado tan pronto como sociedad a los pobres, ¿qué esperamos? La escuela está estallada, las organizaciones han quedado reducidas a la nada. Hay presencia de las iglesias y algunas fundaciones, pero el Estado más allá de policía y algunos servicios muy básicos, está bastante ausente. Pero el que sí está presente es el narco, el tranza que consigue cosas y ofrece plata fácil… y están omnipresentes las redes sociales que ofrecen un mundo de fantasía al alcance de la mano, mientras crece la rabia porque ese mundo fantástico se les hace cada vez más lejano. Otros son los caminos que hay que transitar, más trabajosos, claro, como es trabajosa la esperanza.

La conversación con Fabricio motivó que comenzáramos un Hogar de Cristo en el barrio, es decir un hogar para recuperación de jóvenes con problemas de consumo. Hay varios ya otorgándose una nueva oportunidad, poniéndole garra para salir adelante. Aún no logramos que Fabricio entre al Hogar. Pero él sigue cerca. Va queriendo escuchar a Dios y abriéndose a la posibilidad de rehabilitarse para darse otra oportunidad. Vamos en camino. Nos sobra esperanza.

Jesuita

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/cuando-se-pierde-la-esperanza-nid03022026/

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